¿Debe el cristiano decretar?
Una reflexión sobre la diferencia entre pedir a Dios con fe y hablar como si nuestras palabras obligaran a Dios a hacer lo que declaramos.
Idea central de la enseñanza
La Escritura nos enseña a orar, pedir, rogar y descansar en la voluntad soberana de Dios. Lo que no enseña es que el creyente pueda decretar realidades como si sus palabras tuvieran poder creador propio.
En muchas congregaciones se ha vuelto común hablar de "noches de decretos", especialmente al final o al inicio de un año. Se declaran bendiciones, prosperidad, protección, sanidad, puertas abiertas y años marcados por abundancia. A primera vista puede sonar espiritual, positivo y lleno de fe.
Pero la pregunta importante no es si suena emocionante. La pregunta es: ¿la Biblia enseña que el cristiano debe decretar de esa manera? ¿Nos dio Dios autoridad para crear realidades con la boca? ¿O más bien nos enseñó a pedir, suplicar y someternos a su voluntad?
Este tema no busca apagar la fe ni promover una vida cristiana pesimista. Podemos mirar el futuro con esperanza porque Dios es fiel. Pero esperanza bíblica no es lo mismo que decretar resultados que Dios no ha prometido específicamente.
En la Biblia, un decreto normalmente está ligado a una decisión establecida por una autoridad. Un rey decreta. Una autoridad superior promulga una orden. El pueblo no emite decretos para obligar al rey a obedecerlos; recibe y se somete a lo que la autoridad ha establecido.
Por eso debemos tener cuidado cuando usamos expresiones como: “yo decreto”, “yo declaro” o “yo establezco”, como si nuestras palabras tuvieran autoridad para crear el futuro. El creyente puede confesar la verdad de Dios, proclamar el evangelio, pedir con fe y hablar conforme a la Escritura. Pero eso no es lo mismo que atribuir a nuestras palabras un poder creador o una autoridad soberana que la Escritura reserva únicamente a Dios.
Textos bíblicos que ordenan nuestro pensamientoPara no quedarnos solo con una impresión, miremos varios textos juntos.
Israel debía oír los estatutos y decretos que Dios mandaba para obedecerlos. El pueblo no decretaba sobre Dios; recibía y obedecía los mandamientos del Señor.
Jesús advierte que quien habla por su propia cuenta busca su propia gloria. La enseñanza bíblica nos mueve a buscar la gloria de Dios, no a levantar el yo como centro.
Pablo no dice: decreten todo. Dice que nuestras peticiones sean conocidas delante de Dios en oración y ruego, con acción de gracias.
La vida cristiana se describe con oración, súplica, perseverancia y dependencia del Espíritu, no con decretos que obligan el futuro.
Jesús enseñó a orar pidiendo que se haga la voluntad del Padre. Esa frase corrige toda oración centrada en imponer nuestra propia voluntad.
La confianza del creyente nace de pedir conforme a la voluntad de Dios. La fe bíblica no busca imponer su voluntad; descansa en la del Padre.
Uno de los argumentos usados para defender los decretos dice algo así: "Dios creó con sus palabras, y como nosotros somos imagen de Dios, también podemos crear realidades con nuestras palabras". Pero esa conclusión no se sostiene bíblicamente.
Ser hechos a imagen de Dios es una verdad preciosa. Habla de nuestra dignidad, responsabilidad y llamado a reflejar el carácter de Dios. Pero no significa que compartimos sus atributos divinos. Dios es omnipotente; nosotros no. Dios crea de la nada; nosotros no. Dios sostiene todas las cosas por su poder; nosotros dependemos de Él para respirar.
Además, la imagen de Dios en nosotros fue afectada por el pecado y está siendo renovada en Cristo. La salvación no nos convierte en pequeños dioses. Nos hace hijos adoptados, redimidos, llamados a reflejar a Cristo, no a ocupar el lugar del Creador.
Una aclaración doctrinalHay atributos de Dios que Él comunica de manera limitada a sus criaturas, como amor, justicia, misericordia o sabiduría. Pero hay atributos que pertenecen solo a Dios: omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia y poder creador absoluto. Decir que nuestras palabras crean realidades puede confundir la criatura con el Creador.
Algunos usan ejemplos de Hechos para decir que los creyentes deben decretar sanidad o resultados. Por ejemplo, Pedro y Juan le dijeron al hombre cojo: "levántate y anda". Pablo también habló con autoridad en ciertos momentos.
Pero esos textos deben leerse en su contexto. Los apóstoles fueron testigos autorizados de Cristo y recibieron señales que confirmaban el mensaje apostólico. Además, el libro de Hechos narra momentos específicos dentro de la expansión inicial del evangelio. No todo episodio descriptivo se convierte automáticamente en una fórmula que todo creyente debe repetir.
Esto no niega que Dios pueda sanar ni que pueda obrar milagros. Dios puede hacerlo. Pero el texto no nos autoriza a convertir cada petición en un decreto, ni a hablar como si siempre supiéramos lo que Dios va a hacer en cada caso particular.
Cuidado con usar Hechos sin contextoHechos nos muestra lo que Dios hizo en momentos específicos de la historia de la iglesia. Debemos aprender de esos textos, pero con cuidado. No podemos tomar una escena apostólica y convertirla automáticamente en un método obligatorio para cada creyente, cada enfermedad o cada año nuevo.
Cuando Jesús enseñó a orar, no dijo: "decreten sus derechos". Enseñó a acercarnos al Padre con reverencia, dependencia y sumisión. La oración cristiana no empieza con el yo, sino con Dios: su nombre, su reino y su voluntad.
Pablo también nos lleva por el mismo camino. En Filipenses 4:6 habla de peticiones, oración, ruego y acción de gracias. En Efesios 6:18 habla de oración y súplica en todo tiempo. Ese lenguaje no es arrogante. Es dependiente. Es humilde.
El creyente puede pedir con confianza, pero no porque controla a Dios, sino porque Dios es Padre. Puede rogar con fe, pero siempre recordando que el Padre sabe más que nosotros y gobierna mejor que nosotros.
El ejemplo de CristoJesús, siendo el Hijo eterno de Dios, se sometió perfectamente a la voluntad del Padre. Antes de la cruz no modeló una oración arrogante ni centrada en decretar comodidad. Mostró obediencia, reverencia y entrega. Si Cristo mismo nos enseña a someternos a la voluntad del Padre, nosotros no debemos adoptar una forma de hablar que nos coloque por encima de esa voluntad.
Mateo 7:7 dice: "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá". Ese texto nos anima a confiar y a acercarnos a Dios. Pero pedir no es exigir. Buscar no es manipular. Llamar no es ordenar al cielo.
Además, la Biblia interpreta la Biblia. Otros textos nos enseñan que debemos pedir conforme a la voluntad de Dios, con humildad y sin convertir nuestros deseos en ley. Por eso no debemos usar Mateo 7 como si eliminara todos los demás pasajes sobre dependencia, obediencia y sumisión.
¿Podemos declarar la Palabra de Dios?Sí podemos confesar, anunciar y proclamar lo que Dios ya ha dicho. Podemos decir con seguridad que Cristo es Señor, que el evangelio salva, que Dios es fiel, que nada nos separa del amor de Cristo y que el Señor cumplirá todo lo que ha prometido.
Pero eso es diferente a fabricar promesas personales que Dios no dio. No es lo mismo proclamar la verdad revelada que declarar: "este año será de riqueza", "ninguna enfermedad tocará mi casa" o "todo lo que diga será hecho". Si Dios no prometió eso de manera específica, no tenemos autoridad para hablar como si lo hubiera prometido.
Logos y rhema: cuidado con construir una doctrina donde el texto no la construyeOtra idea que suele aparecer en este tema es la distinción entre logos y rhema. A veces se enseña que logos es la Biblia escrita, mientras que rhema sería una palabra personal, especial y poderosa que Dios te da para decretar una realidad.
El problema es que esa distinción, presentada de esa manera, no nace del uso normal de esas palabras en el Nuevo Testamento. La Biblia sí habla de la Palabra de Dios, del mensaje predicado, de promesas, de mandamientos y de la guía del Espíritu. Pero no enseña que rhema sea una llave espiritual para declarar prosperidad, sanidad o éxito y así crear acontecimientos.
Qué significan realmente estas palabrasEn griego bíblico, tanto logos como rhema tienen campos de significado amplios. El contexto es el que determina el sentido, no una definición doctrinal inventada de antemano.
Puede significar palabra, mensaje, discurso, enseñanza, razón, asunto o noticia. En Juan 1:1, por ejemplo, el Logos no es la Biblia escrita, sino el Hijo eterno. En otros lugares puede referirse a la predicación, al evangelio, a una conversación o a una enseñanza.
Puede significar palabra, dicho, expresión, declaración o asunto hablado. Pero no significa automáticamente revelación privada, decreto, palabra mágica o mensaje secreto para crear una realidad.
Los autores bíblicos pueden usar ambas palabras para hablar del mensaje de Dios. Muchas veces la diferencia es de estilo o énfasis, no una categoría doctrinal rígida.
Estos textos nos ayudan a ver que rhema no debe cargarse automáticamente con la idea moderna de una revelación personal para decretar.
Cuando Simeón habla conforme a la palabra del Señor, el sentido natural es la promesa que Dios había dado. El texto no presenta un método para decretar realidades.
Pablo dice que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo. El contexto habla del mensaje del evangelio anunciado, no de esperar una frase privada para declarar un milagro.
La espada del Espíritu es la palabra de Dios. Pablo no dice que sea una revelación secreta para cada situación. El creyente combate el error con el mensaje de Dios, como Jesús respondió a Satanás usando la Escritura.
Decir: "recibe tu rhema", "declara tu milagro" o "decreta tu prosperidad" puede sonar espiritual, pero si esa idea depende de definir rhema como una palabra personal con poder creador, entonces estamos poniendo sobre el término una carga que el Nuevo Testamento no le pone.
Dios sí puede guiar, consolar, corregir y dirigir a sus hijos por medio del Espíritu. Pero esa guía nunca añade doctrina nueva, nunca corrige la Escritura y nunca convierte nuestras palabras en instrumentos soberanos para crear el futuro.
Lo que sí podemos afirmar con cuidado
La distinción rígida de logos como Biblia escrita y rhema como palabra personal para decretar no se sostiene cuando estudiamos esas palabras dentro de su contexto. Debemos dejar que el contexto defina cada palabra.
La Escritura ya es poderosa porque es Palabra de Dios. No necesitamos dividir logos y rhema de una manera que el texto no enseña para darle autoridad a nuestra oración. Lo más sano es oír la Palabra, creer el evangelio, pedir conforme a la voluntad de Dios y hablar donde Dios habló, sin inventar promesas que Él no dio.
Mi preocupación con este tipo de prácticas es que pueden darle a la gente una falsa seguridad. Si alguien decreta prosperidad, sanidad o protección absoluta y luego llega enfermedad, escasez o dolor, muchas personas terminan confundidas, culpándose o pensando que Dios falló.
Pero Dios no falló. Lo que falló fue una forma de hablar que prometió más de lo que la Escritura permite prometer. Es mejor enseñar al creyente a orar bien, a depender de Dios, a pedir con fe y a descansar en que el Señor estará con su pueblo aun en medio de pruebas.
Rechazar los decretos no significa mirar el futuro con miedo. El cristiano puede tener esperanza porque Dios es soberano, fiel y bueno. Pero nuestra esperanza no depende de anunciar que todo será fácil, próspero o sano. Depende de Cristo, de sus promesas y de la certeza de que Dios sostiene a su pueblo en cualquier circunstancia.
Entonces, ¿cómo debemos hablar y orar?
Acércate a Dios como Padre, no como alguien que puede darle órdenes al cielo.
La humildad no elimina la fe. Puedes pedir, rogar y confiar en la bondad de Dios.
No todo deseo bueno es una promesa divina. Aprende a decir: si el Señor quiere.
Habla con seguridad donde Dios ya habló con claridad. No inventes promesas que Él no dio.
No uses frases espirituales para presionar emociones, dinero o decisiones de otras personas.
Tu seguridad no está en decretar el futuro, sino en pertenecer al Señor que gobierna el futuro.
- Dios es soberano y sus decretos son firmes.
- El creyente debe orar, pedir y suplicar con fe.
- Podemos proclamar lo que Dios ya reveló en su Palabra.
- Ser imagen de Dios no significa tener poder creador.
- La oración bíblica se somete a la voluntad del Padre.
- No dice que Dios no haga milagros.
- No dice que el creyente deba orar sin fe.
- No dice que las palabras no importan.
- No dice que sea malo pedir sanidad, provisión o protección.
- No dice que debamos vivir con miedo al futuro.
- ¿Estoy orando con humildad o hablando como si Dios tuviera que obedecerme?
- ¿Estoy proclamando promesas bíblicas o inventando promesas personales?
- ¿Estoy usando textos narrativos como fórmulas universales?
- ¿Mi esperanza está en Cristo o en lo que yo declaro sobre el futuro?
- ¿Estoy dispuesto a pedir con fe y aceptar la voluntad de Dios?
Conclusión
El cristiano no necesita noches de decretos para vivir con esperanza. Necesita conocer a Dios, confiar en su Palabra, orar con fe y someterse a su voluntad.
La Escritura no nos llama a crear realidades con la boca, sino a depender del Dios que creó todas las cosas por su Palabra. No nos llama a imponer nuestro futuro, sino a caminar con Cristo en obediencia, aun cuando no sabemos lo que traerá mañana.
Podemos pedir sanidad, provisión, dirección y protección. Podemos hacerlo con confianza. Pero lo hacemos como hijos dependientes, no como pequeños soberanos. La oración cristiana madura no dice: "yo decreto". Aprende a decir: "Señor, hágase tu voluntad".