Hechos 15: La sanidad que señaló al Autor de la vida
El valor de las cosas de arriba y del servicio
El hombre esperaba una limosna y recibió algo mayor. Esa señal abrió el segundo sermón de Pedro, y la oposición que vino después mostró que el servicio tiene un costo, una potestad mayor y una obra que nadie puede negar.
Esta enseñanza también debe ser examinada con humildad a la luz de la Escritura: “Los judíos de Berea eran más nobles que los de Tesalónica, pues recibieron la palabra con mucha atención, y todos los días estudiaban las Escrituras para ver si era cierto lo que se les decía.” Hechos 17:11, RV2020.
¿Qué quiso enseñar Dios mediante la sanidad de un hombre cojo, y qué pasó cuando los apóstoles anunciaron públicamente al Cristo resucitado?
Esta enseñanza recorre dos tramos. Hechos 3 muestra cinco veces lo mismo desde ángulos distintos: siempre hay algo superior a lo que pedimos. Hechos 4 muestra la reacción, cuando las autoridades intentaron callar el mensaje.
La idea que une todo es sencilla. El hombre pidió una moneda y recibió algo mayor. Pedro rechazó que lo admiraran a él y señaló a Cristo. Y el concilio, con todo su poder, no pudo negar la obra que Dios había hecho.
1. Hay un templo más alto
1 En cierta ocasión, subieron juntos Pedro y Juan al templo. Eran las tres de la tarde, es decir, el momento de la oración.
2 A la puerta conocida como la Hermosa, había un hombre, cojo de nacimiento. Le llevaban allí cada día para que pidiera limosna a quienes entraban en el templo.
3 Cuando vio que Pedro y Juan iban a entrar, les rogó que le dieran limosna.
4 Pedro, que estaban con Juan, fijando los ojos en él le dijo: —Míranos.
5 Él los miró atentamente esperando que le dieran algo.
6 Entonces Pedro le dijo: —No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.
7 Tomándole de la mano derecha le levantó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos y
8 se puso en pie de un salto. Empezó a caminar y entró con ellos en el templo andando, saltando y alabando a Dios.
9 Todo el pueblo, viéndole andar y alabar a Dios,
10 reconocía que era el mismo que pedía limosna sentado a la puerta del templo, en la llamada Puerta Hermosa, y se quedó atónito y asombrado por lo que le había sucedido.
Para entender esta escena hay que saber qué era el templo. Era el único lugar donde Israel se acercaba a Dios conforme a lo que él había mandado. Tenía patios por donde se entraba y, en lo más interior, un recinto donde solo el sumo sacerdote podía pasar una vez al año. Entrar al templo no era visitar un edificio bonito: era acercarse al lugar donde Dios había puesto su presencia.
La puerta llamada la Hermosa era una de las entradas a esos patios. Allí lo dejaban cada día, porque era el sitio por donde pasaba la gente al entrar. Es decir, el hombre pasaba su vida en el borde mismo del templo.
Y ahí se queda. Lucas repite que estaba a la puerta y que hasta ahí llegaba. No entraba por dos razones. La primera es obvia: no podía caminar. La segunda viene de la costumbre. La ley de Levítico 21 impedía que un sacerdote con ciertos defectos físicos sirviera en el altar, y con el tiempo los maestros extendieron esa idea mucho más allá de lo escrito, hasta hacer sentir indigno a cualquiera con un cuerpo dañado.
Conviene decirlo con cuidado: el texto no afirma que una ley le prohibiera entrar. Pero sí lo muestra siempre afuera, pidiendo a los que entraban.
Piensa en el contraste. Había personas que viajaban desde muy lejos para poder entrar allí aunque fuera una vez en la vida. Él vivía en la puerta y se quedaba fuera. Tan cerca y tan lejos.
Aquí está lo que quiero que veas, y el texto de Hebreos que sigue lo dice sin rodeos. Ese hombre no pasaba de la puerta, pero nosotros tenemos libertad para entrar al Lugar santísimo, que era precisamente el recinto más interior al que casi nadie podía acercarse. ¿Por qué podemos? No por tener un cuerpo sano ni por cumplir requisitos, sino por la sangre de Cristo. Él abrió el camino.
Eso significa que hay un templo más alto que aquel edificio: aquí, el acceso que Cristo nos dio a la presencia de Dios; y en los cielos, esa presencia sin velo ni puerta. Mirar las cosas de arriba empieza por valorar ese acceso que ya tienes, en lugar de fijarte solo en lo que te falta.
19 Así que, hermanos, tenemos libertad para entrar en el Lugar santísimo por la sangre de Jesucristo,
20 por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su cuerpo.
21 También tenemos un gran sacerdote sobre la casa de Dios.
22 Acerquémonos, pues, con corazón sincero, llenos de fe, purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura.
23 Mantengamos firme, sin fluctuar, la esperanza que profesamos, porque fiel es el que ha hecho la promesa.
24 Y tengámonos en cuenta unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras.
25 No dejemos de congregarnos, como algunos tienen por costumbre; al contrario, animémonos unos a otros, y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.
2. Hay una riqueza más grande
Volvamos al hombre. Lo que él esperaba era una limosna, es decir, una moneda de quienes entraban al templo. Lucas dice que miró a Pedro y a Juan atentamente, esperando recibir algo, y ese algo era dinero.
Pedro le responde con una frase que conviene leer despacio: no tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo. No le dio lo que pedía. Le dio algo que no había pedido y que valía más.
Lo que hizo después lo dice todo. Al poder caminar por primera vez en su vida, cualquiera habría corrido a mostrarse a su familia o a buscar trabajo. Él entró al templo saltando y alabando a Dios. Lo primero que quiso con sus piernas nuevas fue entrar donde nunca había podido entrar. Escogió adorar.
De aquí sale algo que hay que aplicar con cuidado. Dios no siempre tiene en su plan darnos riquezas materiales, y eso no significa que nos haya olvidado. Cuando Israel pasó hambre en el desierto, Dios explicó después por qué lo había permitido: para que aprendieran que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de su boca.
En la misma línea, Jesús mandó buscar primero el reino de Dios antes que la comida y el vestido. Y cuando Pablo dijo que todo lo podía en Cristo, lo dijo hablando justamente de saber vivir con escasez y con abundancia.
Por eso, cuando falte en tu casa, en lugar de pelear conviene recordar que hay una riqueza que no se pierde. No se trata de despreciar lo material ni de fingir que no hace falta. Se trata de no perder de vista lo que vale más.
La pregunta es legítima, porque Jesús estuvo muchas veces en ese templo e hizo muchas sanidades en la ciudad.
Entiendo que no fue casualidad. Por un lado, quedó para el tiempo de los apóstoles, y así la señal confirmó su testimonio. Por otro lado, enseña que la riqueza mayor no es la sanidad física. Si lo fuera, Jesús habría sanado a todos.
Al dejar enfermos y necesitados, Jesús mostró que venía a ofrecer algo superior. La gente lo trataba como un hacedor de milagros, y él no quiso darse a conocer así. Los apóstoles tampoco sanaron a todos.
Conviene decir con honestidad que esta es una deducción del conjunto, no una frase que Lucas escriba con esas palabras.
3. Hay una persona superior
11 El cojo que había sido sanado se agarró a Pedro y a Juan, entonces todo el pueblo, lleno de asombro, se apiñó rápidamente alrededor de ellos en el pórtico que llaman «de Salomón».
12 Al ver esto Pedro, les habló así: —Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiera sido nuestro poder o nuestra piedad lo que ha hecho andar a este hombre?
13 El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando este ya había decidido ponerlo en libertad.
14 Mas vosotros negasteis al santo y al justo para pedir a cambio la libertad de un asesino,
15 y así matasteis al autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.
16 Y por la fe en su nombre, Jesús ha restablecido a este hombre a quien vosotros veis y conocéis. La fe que obra por medio de Jesús le ha devuelto totalmente la salud ante todos vosotros.
La gente vio caminar a un hombre que conocía de toda la vida, porque llevaba años sentado en esa misma puerta. Por eso corrieron hacia los apóstoles: el milagro era imposible de negar y querían explicaciones.
Pedro cortó la admiración de inmediato. Les preguntó por qué los miraban a ellos, como si la sanidad hubiera venido por su propio poder o por ser hombres más piadosos. Ese detalle importa hoy: el mensajero nunca es el dueño del milagro, y por eso tampoco se puede culpar al enfermo cuando Dios no sana.
Después empezó por donde había que empezar con oyentes judíos: por su propia historia. Habló del Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, es decir, del Dios de sus antepasados. No les estaba presentando un Dios nuevo ni extranjero, sino mostrando que ese mismo Dios había glorificado a su Hijo Jesús.
Y entonces fue directo al pecado, sin suavizarlo. Les dijo que entregaron al santo y al justo, que pidieron la libertad de un homicida en su lugar, y que mataron al Autor de la vida. Esa expresión, Autor de la vida, significa que Jesús es la fuente de la vida misma: mataron a Aquel de quien depende que cualquiera respire.
El evangelio confronta. Pero la frase de Pedro no termina en la acusación: a ese mismo Jesús Dios lo resucitó, y de eso los apóstoles eran testigos.
Ahí está la persona superior. No el apóstol que oró, ni la fe del enfermo como si fuera una fuerza, sino Jesús, a quien Dios levantó de los muertos.
Para nosotros la frase «somos testigos» suena a poco. Para un judío del primer siglo pesaba muchísimo, porque la regla era que en boca de dos o tres testigos constara toda palabra.
Un solo testigo dejaba el asunto en duda. Dos lo hacían creíble. Tres lo volvían firme. Los apóstoles eran doce, y Pablo menciona que el Señor resucitado fue visto por más de quinientos.
En aquel tiempo un asunto se establecía sobre todo por los testimonios. Por eso la predicación apostólica insistía en la resurrección y no solo en la muerte. La muerte la vio toda la ciudad; la resurrección necesitaba testigos.
Conviene notar cómo explica Pedro el milagro. No dice que él tuviera un don y lo administrara. Dice que la fe en el nombre de Jesús dio al hombre completa sanidad.
Dios no obra siempre de la misma manera, y no conviene encasillarlo. A veces sana por la oración de otro, a veces por la oración del propio enfermo, y a veces decide no sanar.
De ahí sale una corrección importante. La fe no sirve para doblar la mano de Dios ni para decretarle lo que debe hacer. La fe sirve para sujetarnos a su mano. Pedirle es correcto; obligarlo no. Y llama la atención que queramos forzar su voluntad y no la nuestra, que es la que necesita cambiar.
4. Hay un mensaje inigualable
17 Pero, hermanos, sé, que tanto vosotros, como vuestros gobernantes, lo habéis hecho por ignorancia.
18 Pero Dios ha cumplido así lo que había anunciado por medio de todos sus profetas: que su Cristo habría de padecer.
19 Así que arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados,
20 para que vengan tiempos de consuelo procedentes del Señor y os envíe a Cristo Jesús, que ya os fue anunciado.
21 Ciertamente, es necesario que el cielo reciba a Jesús hasta el momento en que todas las cosas sean restauradas, lo cual Dios ya ha anunciado desde los tiempos antiguos por medio de sus santos profetas.
Pedro les dice algo que sorprende: sé que lo hicieron por ignorancia. No estaba disculpándolos, porque unas líneas antes acaba de acusarlos de haber matado al Autor de la vida. Lo que hace es abrir una puerta: no comprendieron del todo a quién estaban rechazando, y por eso todavía hay lugar para el perdón.
Pero esa ignorancia tenía un límite. Después de la resurrección y de la señal que acababan de ver, ya no podían decir que no sabían. Por eso el llamado es urgente: arrepentirse y convertirse para que sus pecados sean borrados y vengan tiempos de refrigerio, que es una manera de decir alivio y descanso que vienen de parte de Dios.
Conviene explicar por qué aquella generación no reconoció las profecías, porque no fue por falta de Biblia. En ese tiempo había escuelas de interpretación, grupos de maestros que enseñaban cómo leer la Escritura. Las más extendidas no esperaban un Mesías que sufriera, sino un rey victorioso.
Así que cuando leían que el Cristo tenía que padecer, aplicaban ese sufrimiento al profeta que lo anunciaba o al pueblo de Israel, nunca al Mesías mismo. Con esa lectura en la cabeza, al ver a Jesús morir no concluyeron que se cumplía la Escritura, sino que había sido un impostor.
Por eso la resurrección lo cambiaba todo. Si Jesús hubiera quedado en la tumba, ellos habrían seguido pensando lo mismo. Pero resucitó, y eso confirmó que el que padeció era el Mesías anunciado.
15 Un profeta como yo te levantará el Señor, tu Dios, de en medio de ti, de tus hermanos; a él oiréis.
16 Conforme a todo lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea, al decir: «No vuelva yo a oír la voz del Señor, mi Dios, ni vea yo más este gran fuego, para que no muera».
17 Y el Señor me dijo: «Bien está eso que han dicho».
18 Un profeta como tú les levantaré en medio de sus hermanos; pondré mis palabras en su boca y él les dirá todo lo que yo le mande.
19 Pero a cualquiera que no oiga las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuenta.
Pedro apoya el anuncio en un texto que sus oyentes respetaban por encima de casi todo. Moisés había dicho que Dios levantaría un profeta de entre ellos, semejante a él, y que debían oírlo en todo lo que hablara.
La conclusión de Pedro es directa: ese profeta ya vino, y es Jesús. Si Israel obedeció a Moisés, con más razón debe oír a uno mayor que Moisés.
El texto añade una advertencia dura: quien no oiga a ese profeta será desarraigado del pueblo, es decir, quedará fuera del pueblo de Dios. Así que el mensaje no solo ofrece perdón, también anuncia juicio para quien lo rechace.
Pedro cierra diciendo que todos los profetas, desde Samuel en adelante, anunciaron estos días. Por eso lo llamo un mensaje sin igual: estuvo guardado en la Escritura durante siglos, fue confirmado con señales y se cumplió a la vista de todos. Ningún otro anuncio tiene ese respaldo.
5. Hay un pueblo más privilegiado
22 Pues Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios hará surgir un profeta de entre vuestros hermanos, como hizo conmigo. Debéis prestar atención a todas las cosas que os diga,
23 y todo aquel que no preste atención a ese profeta, deberá ser eliminado del pueblo.
24 Desde Samuel en adelante, todos los profetas que han hablado también han anunciado la llegada de estos días.
25 Vosotros sois los hijos de los profetas y del pacto que Dios hizo con nuestros padres cuando dijo a Abrahán: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra.
26 Dios, tras haber resucitado a su Siervo, os lo ha enviado primeramente a vosotros para que os bendiga, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.
Pedro termina recordándoles quiénes son. Los llama hijos de los profetas y del pacto, es decir, herederos de las promesas que Dios hizo a sus antepasados, empezando por Abrahán.
Y les dice algo que les daba un lugar de honor: a ustedes primeramente Dios envió a su Hijo. Primero a Israel. Pero fíjate para qué lo envió, porque el texto lo dice: para bendecirlos apartando a cada uno de su maldad. La bendición prometida no era prosperidad, era ser apartado del pecado.
Aquí aparece el contraste de toda la enseñanza. Hubo un pueblo escogido que tenía los pactos, las promesas y el templo, y aun así no creyó el mensaje. Ahora Dios está formando un pueblo distinto, un pueblo que se define por la fe, y a él pertenece todo el que cree en Cristo, sea judío o no.
Estamos dentro de un tiempo de transición en el libro de Hechos: el evangelio se anuncia primero a los judíos y después alcanza a las naciones. Quien cree entra en ese pueblo con mejores promesas, y no por mérito propio, porque nadie lo ganó. Se recibe por gracia.
Si eso es verdad, entonces pertenecer a Cristo no es un consuelo pequeño mientras esperamos algo mejor. Es ya el mayor privilegio que alguien puede tener.
7 Sabed, por tanto, que los que tienen fe, estos son hijos de Abrahán.
8 Y la Escritura, al prever que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano a Abrahán esta buena noticia: En ti serán benditas todas las naciones.
9 De modo que los que tienen fe son bendecidos con el creyente Abrahán.
10 Todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito sea el que no permanezca y cumpla todas las cosas que están escritas en el libro de la ley.
11 Y que por la ley nadie se justifica ante Dios es evidente, porque el justo por la fe vivirá.
12 Pero la ley no procede de la fe, sino que dice: El que cumpla estas cosas vivirá por ellas.
13 Cristo nos redimió de la maldición de la ley, y se hizo maldición por nosotros (pues está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero),
14 para que en Cristo Jesús la bendición de Abrahán alcanzara a los gentiles, a fin de que por la fe recibiéramos la promesa del Espíritu.
Conviene precisar dos cosas para no afirmar más de lo escrito.
Primera. Levítico 21 impedía que un sacerdote con ciertas condiciones físicas oficiara en el altar, pero no expulsaba de la adoración a todo israelita con discapacidad. Que aquel hombre quedara fuera se explica por su imposibilidad de caminar y por la costumbre añadida, no por una ley que se lo prohibiera.
Segunda. Llamar superior al pueblo de la fe no significa superioridad de raza ni desprecio hacia los judíos. Pablo lo explica con la figura del olivo: unas ramas fueron cortadas por incredulidad y otras fueron injertadas, así que nadie tiene de qué jactarse. Lo que recibimos no lo ganamos.
Tampoco todas las escuelas judías del primer siglo sostenían lo mismo. Había expectativas distintas sobre el Mesías, y aquí describimos la más extendida.
6. El servicio evangelístico tiene un costo y una potestad mayor
1 Mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, se presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos.
2 Estaban molestos de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de los muertos.
3 Los detuvieron y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente porque era ya tarde.
4 Pero muchos de los que habían oído la palabra creyeron, llegando a ser unos cinco mil, solo contando a los hombres.
La reacción llegó de inmediato, y conviene saber quiénes reaccionaron. Llegaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos. Los saduceos eran un grupo influyente que no creía en la resurrección de los muertos.
Eso explica su enojo. Lucas dice que estaban resentidos porque los apóstoles enseñaban al pueblo y anunciaban en Jesús la resurrección. Los apóstoles no solo predicaban algo que ellos rechazaban: presentaban delante de todos a un hombre sano como prueba. Así que los metieron en la cárcel.
Y aun así, dice el texto, muchos de los que habían oído creyeron. Encarcelaron a los mensajeros, pero no pudieron detener el mensaje.
Aquí hay que precisar qué clase de costo es este, porque se confunde con facilidad. No es un precio que se paga para ser salvo, porque la salvación es por gracia y ya está pagada. Es el costo de servir y de hablar.
Y llega antes de que uno se sienta listo. Los apóstoles no habían pasado nunca por una cárcel ni por un tribunal. Nadie los había preparado con un curso. Aprendieron sirviendo, y también equivocándose, que es como se aprende todo en la obra de Dios. Si esperas sentirte capacitado para empezar, no vas a empezar.
Antes de esto, Lucas dice que el Señor añadía cada día a los que habían de ser salvos. No cada domingo ni cada campaña: cada día.
Nadie se salva por el testimonio de la iglesia. La salvación se recibe por fe en el mensaje. Pero el testimonio funciona como una vitrina que permite a la gente ver y escuchar ese mensaje.
De ahí sale la advertencia. El evangelio puede ser sólido y, aun así, un mal testimonio hace tanto ruido que las personas no llegan a entenderlo. Cuando eso pasa, el problema no está en Dios.
Hechos 1:8 marca el orden: Jerusalén, Judea, Samaria y después lo último de la tierra. Los apóstoles no fueron enviados primero a otro país, sino a su propia ciudad.
Por eso conviene corregir una idea común. Participar en la misión no significa necesariamente dejar casa, trabajo y estudios para irse lejos. Significa servir donde Dios te puso: vecinos, familiares, amigos, niños.
Y hay un orden práctico en esto. Quien no es capaz de abrir obra en su propio pueblo difícilmente lo será en otro. Cuesta más allí donde te conocen, y justamente por eso es donde se aprende.
Tampoco conviene reducir la misión a un mes del año, ni a elegir entre ir, ofrendar u orar como si fueran alternativas para quedarse tranquilo.
5 Al día siguiente se reunieron en Jerusalén los gobernantes, los ancianos y los escribas.
6 También estaban Anás, el sumo sacerdote, Caifás, Juan, Alejandro y cuantos descendían de la familia de los sumos sacerdotes.
7 Pusieron en medio de ellos a Pedro y Juan, y les preguntaron: —¿Con qué potestad o en nombre de quién habéis hecho esto?
8 Pedro, lleno del Espíritu Santo, respondió: —Gobernantes del pueblo y ancianos de Israel:
9 Ya que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo y de la manera en que ha sido sanado,
10 sabed, pues, todos vosotros y todo el pueblo de Israel que este hombre que se encuentra ante vosotros ha sido sanado en el nombre de Jesús el Cristo, el nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos.
11 Este Jesús es la piedra rechazada por vosotros, los edificadores, y que, sin embargo, ha resultado ser la piedra angular.
12 Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos.
Al día siguiente los pusieron delante de todo el poder religioso del país. Estaban los gobernantes, los ancianos, los escribas, que eran los especialistas en la ley, y la familia del sumo sacerdote, la máxima autoridad del templo.
La escena está armada para intimidar. Dos hombres solos, en medio de un círculo de autoridades, sin nadie a quien recurrir, porque quienes debían hacer justicia eran los mismos que los estaban juzgando.
La pregunta fue: ¿con qué potestad o en qué nombre han hecho esto? Hoy un nombre es solo una palabra, pero en aquel tiempo preguntar en qué nombre era preguntar con qué autoridad y con permiso de quién. Lo que querían saber era quién los había autorizado.
Y entonces Lucas escribe algo que conviene no pasar por alto: Pedro respondió lleno del Espíritu Santo. Este es el mismo Pedro que unas semanas antes negó a Jesús tres veces por miedo, y ante estos mismos hombres. Ahora está de pie frente a ellos sin temblar. La llenura del Espíritu no es una emoción pasajera en una reunión: es ser guiado y sostenido por él cuando hace falta.
Su respuesta no fue un discurso propio, fue Escritura. Les dijo que Jesús es la piedra que los edificadores desecharon. La imagen viene del oficio: los constructores examinaban cada piedra y apartaban las que no servían. Ellos, que eran los encargados de edificar al pueblo, habían examinado a Jesús y lo habían descartado. Y Dios tomó esa piedra rechazada y la puso como principal, la que sostiene todo el edificio.
De ahí sale la frase con que cierra: en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre dado a los hombres por el cual podamos ser salvos. Frente a toda esa autoridad reunida, Pedro señaló una mayor.
Aquí suele citarse la palabra de Jesús a Pedro sobre la roca en la que edificaría su iglesia. Algunos responden al error católico romano diciendo que allí hay dos palabras distintas, una pequeña y otra grande. Conviene no defender la verdad con un argumento débil: en el idioma original se usa la misma palabra.
No hace falta ese recurso. Primera de Pedro llama piedras vivas a todos los creyentes, así que llamar piedra a Pedro no lo pone en el lugar de Cristo.
El fundamento es la verdad que Pedro acababa de confesar: que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Pedro encabezó el anuncio de esa confesión, y eso es lo que aquí está cumpliendo cuando dice que en ningún otro hay salvación.
7. Podrán impedir tu ministerio, pero nunca negar la obra de Dios
13 Viendo la determinación con la que Pedro y Juan hablaban, y dándose cuenta de que eran hombres sin cultura y sin formación, no salían de su asombro y reconocían que habían estado con Jesús.
14 Por otro lado, veían que el hombre que había sido sanado estaba en pie con ellos y no podían decir nada en contra.
15 Así pues, ordenaron a Pedro y Juan que salieran de la sala. Los miembros del consejo deliberaron entre sí
16 en estos términos: —¿Qué haremos con estos hombres? Porque, ciertamente por medio de ellos se ha obrado un milagro evidente y notorio a todos los que viven en Jerusalén. No lo podemos negar.
17 Sin embargo, con el fin de que no se divulgue más este asunto entre el pueblo, amenacémoslos para que no le hablen a nadie acerca de este nombre.
18 Así pues, los llamaron y les prohibieron terminantemente que hablaran de Jesús o enseñaran en su nombre.
Los del concilio se quedaron sorprendidos por algo que no esperaban. Vieron el valor con que hablaban dos hombres sin estudios formales, es decir, sin la formación de las escuelas de la ley, y reconocieron de dónde venía: habían estado con Jesús. Y junto a ellos, de pie, estaba el hombre sanado.
Entonces hablaron entre sí y admitieron lo que no podían resolver. La señal era conocida por todo Jerusalén, y no la podían negar. Así que hicieron lo único que les quedaba: prohibirles hablar en ese nombre. Pudieron callar a los mensajeros, pero no deshacer lo que Dios había hecho.
Ahí hay un consuelo para quien sirve. La verdad no se puede destruir, y como no se puede, el ataque se dirige a quienes la llevan. Podrán estorbar un ministerio, cerrarle puertas o hablar mal de él, pero la obra que Dios hizo en una vida queda, y nadie la borra.
Y queda una pregunta que conviene hacerse antes de responder a la oposición: obro yo, o dejo obrar a Dios. Cuando respondemos con nuestras fuerzas, el resultado se discute. Cuando dejamos que él obre, nadie puede negarlo.
La oposición del mundo no sorprende. Duele más cuando viene de quienes se dicen hermanos y dicen estar en la doctrina.
Conviene distinguir. Se entiende el celo cuando se defiende algo fundamental: la Trinidad, la deidad de Cristo, la persona y la deidad del Espíritu Santo. La Escritura misma manda no contender sobre opiniones.
Pero defender la verdad no autoriza el ataque personal, la burla ni la degradación. Nadie queda libre de responder mal, y por eso conviene guardar el corazón antes que ganar la discusión.
La llenura del Espíritu se reconoce en el fruto. Cuando alguien defiende una verdad con actos que la contradicen, el problema no está en la doctrina que dice defender.
8. Mirar lo de arriba y servir con el poder de Dios
Los principios de Hechos 3 y 4 ordenan la mirada y el servicio.
Lo terrenal es temporal. El acceso a Dios, la riqueza espiritual y las promesas son superiores.
La fe nos sujeta a la mano de Dios. No sirve para obligarlo a hacer nuestra voluntad.
Como Pedro, aparta la atención de ti mismo y ponla en Aquel que resucitó.
Tu conducta es la vitrina que permite a otros ver y oír el evangelio.
La misión comienza en tu propia ciudad, con tus vecinos y tu familia.
Servir cuesta, y el aprendizaje llega sirviendo. No esperes sentirte listo.
Ante la oposición, pregúntate si obras tú o dejas que él obre. Su obra nadie la niega.
Textos principales: Hechos 3:1-26 y Hechos 4:1-18, comparados con Deuteronomio 18:15-19; Deuteronomio 8:3; Mateo 6:33; Mateo 16:13-18; Gálatas 3:7-14; Filipenses 4:11-13; Hebreos 10:19-25 y 1 Pedro 2:4-9, en la Biblia Reina Valera 2020.
The Expositor’s Greek Testament se consultó para revisar el segundo sermón de Pedro, el sentido de nombre como autoridad y la cita del Salmo 118. Biblical Hermeneutics, de Milton S. Terry, ayudó a separar lo que el texto afirma, lo que se deduce del contexto y lo que se aplica hoy.
Siempre hay algo superior, y la obra de Dios no se puede negar
Un hombre pidió una limosna en la puerta del templo y recibió algo mayor. Esa escena enseña cinco veces lo mismo: hay un templo más alto al que ahora tenemos acceso, una riqueza más grande que la material, una persona superior a cualquier mensajero, un mensaje sin igual guardado en la Escritura y un pueblo más privilegiado formado por la fe.
Pedro no permitió que la multitud lo admirara. Explicó que la fe en el nombre de Jesús había sanado al hombre, confrontó el pecado de haber matado al Autor de la vida y anunció que Dios lo resucitó.
Ese anuncio trajo oposición inmediata. El servicio tiene un costo, que no es el precio de la salvación sino la consecuencia de anunciarla. Frente a todas las autoridades reunidas, Pedro respondió lleno del Espíritu Santo y declaró que en ningún otro hay salvación.
El concilio prohibió el nombre, pero reconoció que la señal no se podía negar. Ahí queda la lección para nosotros: podrán estorbar un ministerio, nunca la obra que Dios hace. Por eso conviene mirar lo de arriba, servir donde estamos y dejar que él obre.
Con esta enseñanza cierra la serie. Si quieres comprobar lo que aprendiste, hay un examen de cincuenta preguntas sobre las quince enseñanzas.
Se responde de diez en diez y el avance se guarda, así que puedes cerrarlo y continuar después. Al terminar verás tu calificación y en qué preguntas fallaste.
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